Situado entre la playa de Tamarit y la cala Jovera, en la provincia de Tarragona, sobre un promontorio a orillas del mar Mediterráneo, las murallas rodean la villa amurallada de Tamarit, que se confunde con la arquitectura del propio castillo.
Documentado desde el siglo XI, el Castillo de Tamarit ha sido testigo de la historia de Catalunya: desde frontera entre territorios cristianos y musulmanes hasta su decadencia en el siglo XVIII a causa de guerras y saqueos.
En 1916, el empresario americano Charles Deering lo compró y restauró bajo la dirección de su amigo y pintor Ramon Casas, quien uniformizó las diferentes edificaciones de estilos románico, gótico y renacentista convirtiéndolo en un refugio idílico.
En 1949, el conjunto arquitectónico fue declarado Bien Cultural de Interés Nacional y en 1988, el Ministerio de Cultura lo consideró Bien de Interés Cultural. Sin embargo, el Castillo de Tamarit es una propiedad privada y ha tenido diferentes propietarios a lo largo del tiempo. A finales del pasado año, los propietarios del camping Trillas lo compraron por 9,4 millones de euros.
Hasta ahora, sólo se podía acceder dentro del castillo y en espacios reservados cuando se celebraban eventos privados como bodas y eventos corporativos. Desde mediados de diciembre pasado, los nuevos propietarios han empezado a abrir el castillo al público en general y a realizar visitas guiadas que permiten entrar en las murallas y ver los diversos edificios y espacios que lo conforman.
Durante la visita guiada, hemos podido ver y entrar en la casa donde vivió Ramon Casas mientras dirigía las obras, la casa en la que veraneaba Charles Deering —en la que hemos tenido el privilegio de poder entrar en habitaciones que estaban tal y como las dejaron los antiguos propietarios—, la iglesia de Santa Maria —una obra románica del siglo XII—, la bodega y la zona ajardinada.
Hemos quedado impresionados por la magnitud del recinto, por sus vistas al mar desde la mayoría de las habitaciones, por el notable retablo de la iglesia y por la torre de defensa del siglo XVI.
Por último, nos han invitado a un pequeño refrigerio con vinos y vermuts de la zona.
Después de la visita, hemos ido en autocar hasta Masmolets en el Alt Camp, donde hemos degustado la tradicional calçotada en el restaurante Cal Ganxo. Buenos calçots, muy buen ambiente y mejor compañía.
Josep Romeu
Delegado de Excursions i Visites Culturals Girona



